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Andrea Calvo Gómez

Amor por el arte y el oficio de la sombrerería

Los sombreros de Andrea, confeccionados en fieltro y fibras vegetales, combinan la técnica artesanal con el diseño contemporáneo. Cada pieza es trabajada a mano, con dedicación, capturando la esencia del oficio, pero con una estética moderna y propia. “Cada sombrero es una obra que refleja la riqueza del trabajo artesanal”, dice Andrea, convencida de que la sombrerería puede contar historias y transmitir emociones.

Historia

El sonido del vapor de la plancha sobre el sombrero la transporta a su infancia. Mientras su padre trabajaba en la oficina de la Fábrica de Sombreros Girardi, ella prefería perderse entre los talleres, observando en silencio cómo los artesanos daban forma al fieltro con vapor, fuerza y precisión. “Miraba mucho, preguntaba, pero no se podía interrumpir; en una fábrica, si alguien se mete, paran todos”, recuerda. Aquellas experiencias marcaron profundamente a Andrea Calvo Gómez, quien, a sus 37 años, se ha convertido en una de las sombrereras más destacadas del país, con una mirada contemporánea y comprometida con la sostenibilidad.

Aunque se formó como publicista e ingeniera comercial, fue en la sombrerería donde descubrió su verdadera vocación. En 2012 inició su aprendizaje en Girardi, experimentando con lana merino y pelo de conejo. Con el tiempo, su curiosidad la llevó a dominar cada etapa del proceso —desde la confección del material hasta el acabado final—, y para 2018 ya lideraba la producción. Sin embargo, el cierre definitivo de la fábrica en 2020 la enfrentó a una decisión crucial: dejar atrás ese legado o reinventarlo. De esa encrucijada nació Honra, su proyecto personal y artístico.

“Con Honra, quería preservar lo aprendido, pero también darle un giro contemporáneo”, explica. El nombre refleja su profundo respeto por el oficio y su deseo de darle continuidad desde una nueva mirada. En este espacio, Andrea integra saberes tradicionales con prácticas sustentables, utilizando fieltro industrial proveniente de descartes de la fábrica Girardi, que repara, reutiliza y transforma en sombreros únicos. A ello suma materiales naturales como fibras vegetales, cuero y fieltro artesanal, en una búsqueda constante de equilibrio entre memoria y renovación.

Su proceso creativo parte siempre desde la materia prima. “Vaporizar, moldear, trabajar con las manos… Es un oficio muy escultural”, comenta. En su taller, cada sombrero cobra forma de manera orgánica, guiado por la textura, la resistencia y la historia del material. Andrea ha desarrollado un enfoque experimental, integrando técnicas de oficios afines, como la marroquinería o el trenzado de fibras, gracias a colaboraciones con artesanas y artesanos locales, entre ellos Trenzados de Cutemu y Juanita Muñoz. “Esto me permitió, y también a otras personas, crear de forma autónoma desde el principio hasta el fin”, dice.

En su taller de Talagante, donde conviven lo urbano y lo rural, cultiva paja de trigo para autoabastecerse y experimentar con nuevas texturas. “Esa conexión directa con la tierra me inspira tanto como la ciudad. Es un equilibrio entre lo natural y lo contemporáneo”, explica. Así, su trabajo refleja una doble pertenencia: el origen industrial de su familia y su propio camino artesanal, que pone en valor los procesos lentos y conscientes.

Para Andrea, la creación artesanal es una forma de participar en algo más grande: la transmisión de un patrimonio vivo. Cada sombrero que elabora es un gesto de continuidad cultural, un diálogo entre la memoria y el presente. Trabajar con materias primas locales y en colaboración con otros artesanos la conecta profundamente con la historia y la comunidad. “A través de mi trabajo siento que contribuyo al fortalecimiento y proyección del oficio sombrerero nacional”, señala.

Sus sombreros no son simples accesorios. Cada pieza es una extensión de su historia familiar y una declaración estética sobre la identidad y la sostenibilidad. “Para mí, es sumamente importante trabajar aspectos medioambientales, sociales y culturales, aportando al patrimonio del país”, afirma.

El aporte cultural de su obra radica en revalorizar la sombrerería chilena como un espacio de creación, colaboración y experimentación. En su visión, el sombrero deja de ser solo una prenda para convertirse en un objeto de encuentro entre disciplinas, donde el diseño, la artesanía y la memoria dialogan en equilibrio.

Convencida de que el conocimiento debe compartirse, trabaja activamente en la transmisión del oficio, participando en espacios de formación y talleres colaborativos. Ha desarrollado instancias de aprendizaje junto a universidades y comunidades artesanas, como el workshop realizado en la Universidad Católica de Temuco, fortaleciendo la continuidad del saber. “Transmitir lo aprendido es la base para un futuro digno y sostenible para quienes conforman el corazón del quehacer artesanal en Chile”, reflexiona.

En cada creación, Andrea Calvo honra el pasado y lo proyecta hacia el futuro. Sus sombreros son memoria, oficio y gesto artístico: un recordatorio de que la tradición no es algo que se conserva intacto, sino algo que se reinventa con respeto, sentido y amor por las manos que la mantienen viva.

Obras y Procesos

Explora la galería de imágenes y sumérgete en el talento y la dedicación de los artesanos y artesanas.